Hoy he vuelto al gimnasio… he tardado una semana en armarme de valor y subir a la báscula y, no, no había duda: el hecho de que la gran mayoría de mis pantalones, faldas y camisetas me vinieran más ajustados de lo normal, no era atribuible a que la lavadora se hubiera puesto en mi contra para reducir una talla mi ropa… la pantalla marcaba 3,7 kg más y el verano me pasaba factura. Es increíble que en 11 meses de esfuerzo, sudor y lágrimas, pierdas prácticamente lo que tardas en recuperar en solo 4 semanas!!
Y para colmo, nada más regresar a la oficina, está el compañero gracioso de turno con su comentario “uff, se te ha hecho más culo este verano, eh?”. Serás C….!!! Si me lo hubiese dicho alguna compañera, no hubiese tenido el mismo efecto (por eso de la envidia entre chicas, claro está), pero cuando es un hombre el que te lo dice… Dios! Es verdad, cómo me ha crecido el pandero!
Así que al final he pensado que tenía 2 opciones: o gastaba parte de mi sueldo de un mes en una de esas maravillosas máquinas “Vibro-power” que esculpen tu cuerpo y te dejan hecha una sílfide en cosa de días, o volvía a la cámara de las torturas (= gimnasio) y a la lechuguita (que es un poco más barato, aunque más sacrificado).
Pues nada, aquí me tenéis pedaleando como una loca en la bici de spinning (que a este paso, el año que viene me presento a la Vuelta Ciclista a España), y contando los días que me quedan para poder lucir el precioso (y caro) vestido que me compré a principios de verano para la boda de mi amiga Sara, que se casa dentro de un mes. Bueno… eso si logro meterme dentro…!